De Jon Burge al pabellón de la muerte

Obrero Revolucionario #977, 11 de octubre, 1998

Por más de una década, durante los años 70 y 80, el teniente Jon Burge del Departamento de Policía de Chicago (DPC) tenía una cámara de tortura en la delegación de las Zonas 2 y 3. Y aunque al DPC no le faltan agentes brutales, Burge se ganó muy mala fama. Se han documentado 40 incidentes en que Burge y sus subalternos arrancaron confesiones a punta de tortura. Ahogaban a los detenidos con la funda de una máquina de escribir, les daban correntazos con aguijadas, les aplicaban choques eléctricos, los golpeaban y jugaban a la ruleta rusa. Tras años de protestas y de sacar a la luz esas barbaridades, en 1993 el DPC finalmente lo corrió. ¿Su castigo? Ninguno, pues le permitieron jubilarse con una buena pensión del gobierno. Sus subalternos siguen haciendo lo mismo sin que les pase nada.

La mañana del 12 de septiembre, una protesta frente al cuartel general de la policía puso de relieve las infamias de Burge. Sesenta personas fueron a apoyar a los 10 del Pabellón de la Muerte (Madison Hobley, Aaron Patterson, Stanley Howard, Ronald Kitchen, Leroy Orange, Leonard Kidd, Andrew Maxwell, Frank Bounds, Reginald Mahaffey y Jerry Mahaffey), a quienes condenaron a muerte en parte o totalmente con "confesiones" sacadas mediante tortura, con Burge al mando.

El grupo Campaña para Abolir la Pena de Muerte convocó la protesta. Los crímenes de Burge y sus subordinados afectaron directamente a muchos de los presentes. Hablaron familiares de los 10 del Pabellón de la Muerte, el abogado de uno de los condenados, y representantes de Madres contra la Injusticia, la Campaña para Abolir la Pena de Muerte, la Coalición 22 de Octubre y la Organización Socialista Internacional.

Jeanette Johnson, la madre de Stanley Howard, dijo en el mitin que en 1983, la policía fue a su casa a buscar a su hijo y le dijo que iba a "tronarlo" si lo hallaba. Y así fue. Varios meses después lo arrestaron y en la delegación lo golpearon y ahogaron con la funda de una máquina de escribir. Stanley no tenía antecedentes penales, con la excepción de un incidente de manejar sin licencia. Pero a raíz de una "confesión" coaccionada, lo condenaron de una racha de delitos: robo a dos policías, violación de una señora de 64 años y homicidio.

Jeanette ha sufrido 15 años de injusticia y ahora le tiene mucho rencor a la policía. Le dijo al OR: "Antes creía que la policía estaba para servir y proteger. Ahora no me importa si se mueren todos. Así pienso. No sé cuáles son buenos y cuáles son malos".

A Ron Kitchen, hijo de Louva Bell, lo arrestaron en 1988 como sospechoso en varios homicidios. En la protesta, ella recordó la llamada que recibió: "Mi hijo me gritaba: `Me quieren matar. Por favor, mamá, que me saquen de aquí'". Louva dijo que la policía buscaba vengarse por no haberlo podido agarrar por un supuesto delito de droga. Burge y sus compinches golpearon a Ronald a puñetazos y con directorios de teléfono, y lo patearon en los testículos. La tortura lo dejó con los testículos hinchados y sangrientos. Sin embargo, en el juicio, no presentaron su historia médica ni mandaron comparecer al médico o a los guardias. Aceptaron la "confesión" como prueba y lo condenaron a muerte.

Maxwell habló de su hermano Drew; en 1986 lo golpearon y ahogaron hasta que "confesó". Al hijo de Joanne Patterson, Aaron, lo asfixiaron y encañonaron con una pistola; su condena se debe a esa tortura. Joanne anunció durante el mitin que Aaron tendrá una audiencia en diciembre para pedir clemencia; después de diez años en el pabellón de la muerte, le van a dar solo veinte minutos para convencer a los jueces de que lo dejen vivir.

A lo largo de la protesta se recalcó que las fechorías de Burge no son cosa del pasado: ese patrón de brutalidad sigue hoy. El hijo de Maxine Franklin, Jerry Gillespie, firmó una confesión después de 30 horas de interrogatorio, durante el cual lo abofetearon, patearon, golpearon y le apretaron el cuello. Maxine recibió una carta del Departamento de Normas Profesionales que reconocía que hubo maltrato; aun así, a su hijo lo condenaron por un homicidio en el cual no participó. Ella dijo: "Muchos agentes que figuraban en el informe sobre mi hijo tenían [vínculos con] Burge. No recibieron ningún castigo y siguen haciendo lo mismo que hace 15, 16 años".

Susan Ester subrayó ese punto e hizo un llamamiento a la acción. Su hijo Andre cumple una condena de 21 años debido a una "confesión" coaccionada. Dijo: "Por casi dos décadas, hemos tenido que luchar contra los crímenes de Jon Burge. Jon Burge torturaba a gente de la Zona 2 y tenía agentes bajo su mando. De los años 70 a los 90, unos agentes se fueron a otras zonas, y otros llegaron a ser abogados y jueces. Está mal lo que hace este sistema. Dice que está bien golpearnos, hacernos firmar confesiones falsas y condenarnos. Y luego los que hicieron eso llegan a ser abogados, jueces y fiscales. Nosotros, la comunidad, todas las comunidades, tenemos que unirnos y hacerles frente porque de hecho nos están violando. ¡Basta ya! Tenemos que canalizar nuestra ira a la lucha".

Desde el pabellón de la muerte, Stanley Howard envió este mensaje: "Los presos no podemos lograr esto solos. Sin ustedes, casi no hay chance. Les toca a ustedes, en verdad, a todos ustedes. Han sacado el tiempo para hacer protestas por nuestra causa; las cortes nos dieron la espalda pero ustedes las han hecho prestar atención. Voy a luchar por la justicia desde adentro y ustedes, allá fuera. Si no, las autoridades nos van a matar. Habrá una fiesta o un entierro. Es así de sencillo".


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