La gente de La Ciudad

Luciente

Obrero Revolucionario #1040, 30 de enero, 2000

Hay películas que no se olvidan. A los personajes de La ciudad los llevo en el corazón; veo las caras cada vez que voy a la panadería o paso por una parada del bus; oigo sus voces cuando mi mamá y mi tía preparan la masa para hacer tamales en hojas de plátano. La vida de las masas inmigrantes está inmortalizada en cada cuadro de la película de David Riker. Sus luchas son las mismas que libran todos los inmigrantes en Estados Unidos. Cada herida, magulladura, incluso la dulzura de un baile, se absorben en la risa y las lágrimas de los personajes y penetra al público.

La película tiene cuatro viñetas sobre inmigrantes latinoamericanos en Nueva York, actuadas por trabajadores de distintos países. La primera se desarrolla en una esquina donde los jornaleros compiten por chamba. En la segunda, un joven de Puebla, México, se cuela a una fiesta de Quinceañera. En la tercera vemos a un titiritero y su hija, que viven en una camioneta cerca al río. En la cuarta vemos la lucha de una costurera por juntar $400 para enviar a México, donde se está muriendo su hija de seis años.

LA ESQUINA

Hace más de 150 años Carlos Marx y Federico Engels escribieron en el Manifiesto Comunista de "la clase de los obreros modernos, que no viven sino a condición de encontrar trabajo, y lo encuentran únicamente mientras su trabajo acrecienta el capital". Esas palabras se materializan en las caras añejas de penuria y manos encallecidas de los jornaleros que a diario compiten por trabajo.

Los patrones se asoman de repente en vans o pick-ups para contratar mano de obra barata. La intensidad que se desprende de la pantalla retrata la intensidad de ciudades por todo el mundo. Docenas de hombres, viejos y jóvenes, se ofrecen a vender su mano de obra; la subsistencia de la familia y de ellos mismos así lo exige.

En la primera escena, un jornalero joven lee una carta de su esposa. Ella le cuenta de la lluvia en su pueblo, del diluvio que se lleva casas; le dice lo mucho que lo extraña y que no ha recibido el dinero que manda. A su hijo le encanta jugar en el aguacero. El jornalero lleva siempre la carta en el bolsillo. Un día lo contratan a él y a unos 10 más, los llevan encerrados en un van y tras un largo viaje se abre la puerta y la luz del sol los ciega. Ellos se estiran, se bajan y ven una montaña de ladrillos. El contratista les dice que les va a pagar 15 centavos por cada ladrillo que limpien y no los $50 por día que les prometió. El trabajo es duro, agotador y peligroso. Las condiciones de explotación en que trabajan determinan su futuro.

LA FIESTA

Los inmigrantes viven entre la espada y la pared. A diario, de sol a sol, y hasta de noche, luchan por sobrevivir "del otro lado". Así y todo, el duro trabajo no apaga ni abruma su espíritu.

Francisco acaba de llegar a Nueva York; todas sus posesiones las lleva en una mochila. Aparte de eso solo tiene unos cuantos dólares y un papelito con una dirección que no encuentra. Como millones de inmigrantes que vinieron antes que él, piensa que va a tener suerte, que va a encontrar trabajo, ahorrar dinero y salir adelante.

Francisco no da con la dirección de su tío pero, atraído por el ritmo de una cumbia, llega a una Quinceañera. Ahí se olvida de la inmensidad y el ruido de la ciudad; desaparecen. Recuerda su casa en Puebla y a los seres queridos que dejó atrás con el sueño de encontrar una vida mejor y conseguir trabajo. En la Quinceañera conoce a María y comparten historias de la familia en Puebla, a la que ella no ha visto en muchos años. Su familia entera depende de lo poco que puede enviar y necesita que ella siga viviendo de este lado. María comparte su tristeza con Francisco, pero también disfrutan de la música y el baile.

EL TITIRITERO

Dulce y su papá viven en una camioneta cerca al río; no tienen domicilio fijo. A Dulce le encanta trabajar con su papá, que es titiritero. Su única fuente de subsistencia es el dinero que ella recoge en su sombrero tras las funciones al aire libre.

El papá de Dulce está enfermo, pues contrajo tuberculosis en un albergue. Le preocupa mucho el bienestar de su hija y quiere matricularla en una escuela. Quiere que ella aprenda a leer, pero no le puede enseñar porque es analfabeto. Pero le habla de las cosas lindas del mundo, de la luz de las estrellas, con lenguaje poético, en los cuentos que le cuenta para que se duerma.

LA COSTURA

La cámara muestra un panorama de la ciudad, los trenes y las personas que entran por una puerta. Antes de entrar en la fábrica, las trabajadoras pasan un rato cotorreando y riendo. Suena el silbato y empieza el murmullo de las máquinas de costura, que pronto se vuelve ensordecedor y pone a temblar los pisos de todas las fábricas.

A Ana y a las demás costureras no les han pagado en un par de semanas, lo cual no es extraño en la costura. Una noche, cuando está lavando los platos después de la cena, una amiga llega a decirle que tiene que llamar de urgencia a México. Después de la llamada de un teléfono público, el público siente su angustia y comparte las lágrimas. Su hija de seis años está hospitalizada, muy enferma, agonizando. Ana necesita $400 para salvar a su Carmelita.

Tiene que luchar para que le paguen pero todo queda en incertidumbre. Ana y sus compañeras de trabajo procuran recaudar el dinero entre las demás compañeras. Cada cual pone lo que puede; una trata de vender vestidos hechos a mano en tiendas. La solidaridad de sus compañeras, que confrontan al dueño de la maquiladora, le da esperanza.

La ciudad es una película impactante y muy importante. La experiencia de Ana, Dulce, Francisco, María y los demás es algo que conozco muy bien. En Los Angeles, he visto a gente como ellos en las esquinas, la costura y en las fiestas. Son personas con las que he vivido toda la vida. Sus voces e historias me llenan de cariño al pueblo.

Me da mucha cólera que la gente tenga que vivir y morir de esa manera en este país. Han emprendido larguísimos viajes y dejado atrás a sus seres queridos para que aquí los criminalicen y exploten.

La ciudad narra la historia de inmigrantes en Nueva York, famosa por la Estatua de la Libertad. Para estos inmigrantes y para los actores que los representaron (unos han sido deportados), esa estatua no es un símbolo de libertad sino un siniestro símbolo de opresión.


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