Revolución #228, 3 de abril de 2011


Los pájaros no pueden dar a luz cocodrilos, pero la humanidad puede volar más allá del horizonte

Nota de la redacción: El siguiente texto es de un discurso reciente de Bob Avakian, el presidente del Partido Comunista Revolucionario, Estados Unidos. A continuación presentamos el décimo pasaje de ese discurso el cual está saliendo por partes en Revolución. El discurso empezó a salir por partes en Revolución #218, 28 de noviembre de 2010. En preparación para su publicación, se ha revisado el texto y agregado las notas.

La filosofía política burguesa, sus limitaciones y distorsiones

Ahora, volvamos a la filosofía política básica que elaboraron los líderes de la revolución burguesa y en especial los “padres fundadores” (y éstos sí eran los padres fundadores) de los Estados Unidos de América, o a esta filosofía que en todo caso los influenció. Enfoquémonos en sus conceptos de tiranía y despotismo y cómo evitar tal tiranía y despotismo. En esta conexión, una de las cosas principales que siempre hemos oído, al crecer en este país, es la noción del gobierno que funciona de modo que plasme la “separación de poderes” y “pesos y contrapesos” contra el poder que se tiene o que se acumula a favor de un solo individuo o un pequeño grupo de personas. Me referí antes a los Federalist Papers (Papeles federalistas). Ahora bien, uno de los principales autores de los Federalist Papers, James Madison, escribe lo siguiente en The Federalist No. 47 (El Federalista): “La acumulación de todos los poderes legislativos, ejecutivos y judiciales en las mismas manos, sean éstas de uno, de pocos o de muchos, hereditarias, autonombradas o electivas, puede decirse con exactitud que constituye la definición misma de la tiranía”.

Esto comprende muy bien una buena parte del punto de vista burgués acerca del gobierno y de la relación entre el gobierno y el pueblo. Al oponerse al estatus social hereditario —pero además, de acuerdo con lo que expresó Madison, al oponerse a la concentración indebida de poder como resultado de las elecciones o un nombramiento—, los teóricos de la revolución burguesa y de la democracia burguesa creían que habían eliminado divisiones sociales, en la medida en que se debería eliminar tales divisiones. Creían que habían establecido la igualdad, en la medida en que se debería establecer, y “la igualdad ante la ley” representó una expresión decisiva de esto. No reconocían o no podían reconocer que las divisiones, y los antagonismos, sociales se reprodujeron y se perpetuaron, aunque a un grado importante con algunas formas nuevas, por medio de la dinámica del mismo sistema del cual eran defensores: lo que en realidad es la democracia burguesa —no una democracia por encima de las clases o una democracia “pura”— y el sistema económico en el que esta forma de gobierno político se basa fundamentalmente y al que le sirve — el capitalismo. No entendían o no podrían entender que este sistema, a su propia manera, es tanto una encarnación de opresión —y sí, de despotismo y tiranía, o sea, de dictadura— como los sistemas de jerarquía hereditaria a los que se opusieron y los que trabajaron para derrotar.

Esto se expresa muy claramente en los escritos de Thomas Paine, especialmente Derechos del hombre, en que Paine repetidamente se refiere a la NACIÓN y la presenta como un concepto fundamental y decisivo, como una especie de conjunto unificado, con una voluntad común, a la vez que esta nación se considera una colección —pero, nótese bien, no una colectividad— de individuos, y más específicamente de dueños individuales de propiedad y mercancías.

Las personas como Paine, Madison y Hamilton hablan de intereses distintos en la sociedad por la que abogaban, pero en esencia lo presentan en el marco de distintas relaciones de propiedad de mercancías y de propiedades. Lo que sobresale en todo esto es el concepto de la nación que de alguna manera tiene una voluntad común que se realiza a través del proceso de lo que en realidad es la democracia burguesa — y la dictadura burguesa. Desde su punto de vista, esto se basa en la promoción de intereses particulares de parte de distintos dueños de propiedad y mercancías, un proceso que en algún sentido resultaría en el mayor bien posible para todos.

Aquí no es difícil reconocer la extensión, en la esfera de política, de las teorías de la economía política burguesa clásica, tal como en los escritos de Adam Smith, entre otros. Y aquí también, podemos ver las limitaciones históricas en todo esto. Como dijo Engels con tanta agudeza, al examinar la experiencia histórica de la revolución francesa, la más completa y radical de todas las revoluciones burguesas:

Los grandes hombres que en Francia ilustraron las cabezas para la revolución que había de desencadenarse, adoptaron ya una actitud resueltamente revolucionaria. No reconocían autoridad exterior de ningún género. La religión, la concepción de la naturaleza, la sociedad, el orden estatal: todo lo sometían a la crítica más despiadada; cuanto existía había de justificar los títulos de su existencia ante el fuero de la razón o renunciar a seguir existiendo… Todas las formas anteriores de sociedad y de estado, todas las ideas tradicionales, fueron arrinconadas en el desván como irracionales; hasta allí, el mundo se había dejado gobernar por puros prejuicios; todo el pasado no merecía más que conmiseración y desprecio. Sólo ahora había apuntado la aurora, el reino de la razón; en adelante, la superstición, la injusticia, el privilegio y la opresión serían desplazados por la verdad eterna, por la eterna justicia, por la igualdad basada en la naturaleza y por los derechos inalienables del hombre.

Hoy sabemos ya que ese reino de la razón no era más que el reino idealizado de la burguesía; que la justicia eterna vino a tomar cuerpo en la justicia burguesa; que la igualdad se redujo a la igualdad burguesa ante la ley; que como uno de los derechos más esenciales del hombre se proclamó la propiedad burguesa; y que el estado de la razón, el “contrato social” de Rousseau pisó y solamente podía pisar el terreno de la realidad, convertido en república democrático burguesa. Los grandes pensadores del siglo 18, como todos sus predecesores, no podían romper las fronteras que su propia época les trazaba. (Engels, Del socialismo utópico al socialismo científico, citado en Democracy: Can’t We Do Better Than That?, p. 46)

Dice Engels que “hoy sabemos ya” todo esto. Bueno, cuando menos algunos de nosotros —y de veras demasiados pocos de nosotros ahora— sabemos esto. Una cantidad demasiada grande de personas lo han olvidado, aun cuando sí lo sabían. ¡Y una cantidad demasiada grande de personas, entre ellas algunos comunistas, o antiguos comunistas, son personificaciones modernas de precisamente lo que denuncia Engels —quienes están volviendo al pasado, al siglo 18, y que están abandonando todo lo que se ha aprendido desde ese entonces, en especial los adelantos históricos muy importantes que hicieron Engels y sobre todo Marx— a la vez que aquellos quienes siguen este camino retrógrado están proclamando e insistiendo que han descubierto alguna verdad nueva y trascendental, algunos principios universales y eternos que son la base de cualquier sociedad justa!

A los ojos del demócrata burgués, no solo es un ultraje que existan sociedades que se basan abiertamente en las divisiones hereditarias del estatus social, tales como las sociedades feudales —o en todo caso, las divisiones empotradas en las estructuras e instituciones formales de la sociedad, tales como la esclavitud así como el feudalismo— sino que exista una identidad entre eso y el socialismo, con la dictadura del proletariado, que a su vez reconoce a su manera las divisiones sociales distintas —e incorpora en los principios de su Constitución, en las formas que la teoría (democrático) burguesa no lo hace, dicho reconocimiento— aunque su objetivo fundamental es transformar y trascender todas esas divisiones.

Bueno, en respuesta a esta afirmación lógica-burguesa de la identidad entre estas cosas radicalmente distintas, dejando de lado el carácter peculiar (y sí, ésta es una palabra muy apropiada) de Corea del Norte —¡el que se parece más a una sociedad feudal gobernada por una dinastía hereditaria Kim que a una sociedad socialista auténtica!— dejando de lado eso, identificar el socialismo y la dictadura del proletariado con una aristocracia arbitraria y despótica de privilegio atrincherado e institucionalizado constituye un reflejo de la superficialidad y la naturaleza no científica de la teoría política democrático burguesa. Examinemos esto un poco más.

Proveniente de la naturaleza de la sociedad socialista, lo que incluye su papel como una transición a un mundo libre de relaciones y divisiones sociales de explotación y opresión, está la franca identificación y la formación del estado socialista como una expresión de los intereses, en el sentido más amplio, de una clase específica, el proletariado —que conduce a la larga a la emancipación de la humanidad en su conjunto de las divisiones de clase y de todas las relaciones de explotación y opresión y de los conflictos destructivos y antagónicos que estas relaciones generan— y el papel abierto de este estado socialista como un instrumento de supresión de los intereses y las fuerzas que están y que actúan en oposición antagónica a éste. Pero, si bien la Constitución de un estado socialista —y las instituciones, estructuras y procesos del gobierno que prevé— tiene que tomar en cuenta las divisiones sociales heredadas de las sociedades anteriores basadas en relaciones explotadoras (y que persistirán en diversos grados y en diversas formas durante un largo tiempo en la sociedad socialista), al mismo tiempo es necesario aplicar por igual a todas las personas en la sociedad “el estado de derecho”, que se tiene que incorporar en la Constitución de un estado socialista, así como las leyes específicas que se promulguen sobre la base de aquella Constitución (y las que se tienen que evaluar, en cuanto a su validez, en concordancia con aquella Constitución). Ésta es otra contradicción que es difícil de manejar, pero se tiene que manejar correctamente.

Una vez más, se puede ver una muy viva encarnación de esto —con todo el carácter contradictorio y las tensiones que entrañe— en la Constitución para la Nueva República Socialista en América del Norte (Proyecto de texto). Desde el mero comienzo en el Preámbulo de esta Constitución, se expone abierta y explícitamente la naturaleza de clase y el papel del estado para el cual ésta es una Constitución propuesta, y esto está encarnado en los principios y las disposiciones a lo largo de esta Constitución, aunque de nuevo, esta Constitución se aplicaría a todos los miembros de aquella nueva sociedad socialista.

Pero el aspecto más esencial de la sociedad socialista es su papel como una transición, que se propone alcanzar —conjuntamente con la lucha revolucionaria a través del mundo— el objetivo final del comunismo, el cual arrancará de raíz y eliminará las divisiones de clases y otras desigualdades sociales y relaciones opresoras, y conjuntamente con eso llevará a cabo la abolición de todas las formas del estado, como un aparato de represión, y todas las diferencias en las que algunos individuos y grupos tienen un papel desproporcionado, en general institucionalizado, de una u otra forma, en las decisiones sobre los asuntos y el gobierno de la sociedad. Todo esto, retomando la penetrante frase de Marx, encarna el salto más allá del estrecho horizonte del derecho burgués — un salto profundo en el desarrollo histórico de las relaciones sociales humanas.

En comparación con la visión y programa comunistas radicalmente emancipadores y la ruptura y el salto que encierran, de romper con todas las formas anteriores de la sociedad humana y saltar hacia una época completamente nueva en la historia humana, el punto de vista democrático burgués de la sociedad justa y la mejor posible se distingue agudamente por su carácter históricamente limitado y por sus dimensiones francamente mezquinas, y por el contraste que se demuestra agudamente entre esto y lo que es posible ahora — y lo que hoy se exige con urgencia que se realice.

Continuará

 

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